Hubo una época en que los profesores recibían manzanas.
No era solo un gesto simbólico, era un regalo vivo. Una fruta que alimenta, que se pudre si no se cuida, que recuerda que el conocimiento —como la vida— necesita tiempo, luz y agua. Una manzana decía: gracias por nutrirnos.
Hoy, lo que se acumula en nuestras casas no son manzanas, sino tazones.
Colecciones enteras, repetidas, inertes. Tazones con frases motivacionales que nadie lee, con diseños genéricos que no dicen nada. Son el símbolo perfecto del simulacro contemporáneo de cuidado: se regala algo útil, pero vacío de sentido. Un objeto sin alma para un oficio que exige alma entera. Porque el sistema no nos da tiempo ni para tomarnos el café con calma.
Enseñar en un mundo enfermo
Ser profesor hoy es enseñar en medio del colapso.
El colapso de la atención, de la empatía, del tiempo. Enseñamos a estudiantes que no duermen, que arrastran la ansiedad del mundo hiperconectado, la presión de ser productivos, bellos, exitosos y “resilientes”. Y lo hacemos desde cuerpos también cansados, precarizados, emocionalmente drenados.
La salud mental en las aulas está quebrada.
Nos piden contención emocional, adaptabilidad tecnológica, planificación diferenciada, resultados medibles y buena cara… pero nadie mide el costo humano de sostener un aula.
Ni los ministerios, ni las direcciones, ni los apoderados. Mientras tanto, seguimos conteniendo crisis, escondiendo nuestras lágrimas en la sala de profesores y volviendo a sonreír frente a la pizarra.
Nuevos desafíos, viejas heridas
Nos enfrentamos a desafíos que hace una década parecían ciencia ficción:
inteligencia artificial, desinformación, guerras en tiempo real, misoginia digital.
Pero las raíces del problema siguen siendo las mismas: un modelo educativo funcional al capitalismo.
Un modelo que mide, clasifica y premia la productividad, no la humanidad. Que nos exige enseñar competencias pero no enseña a convivir, a cuidar ni a pensar críticamente.
Las fake news entran a las aulas con más fuerza que los libros.
Los discursos de odio se normalizan en redes y se cuelan en las conversaciones.
Y la misoginia digital nos recuerda que ser profesora —y mujer— sigue siendo un doble frente de batalla: el del aula y el del cuerpo. Porque todavía se nos interrumpe más, se nos cuestiona más, se nos exige más dulzura que autoridad.
Entre la vocación y la explotación
Nos dijeron que ser profesor era una vocación.
Y lo es. Pero no debería ser excusa para la explotación emocional, el sobretrabajo y el abandono institucional.
Los sueldos siguen siendo bajos, las horas no alcanzan, las planificaciones crecen y el reconocimiento real escasea.
Mientras tanto, el discurso neoliberal nos dice que debemos “actualizarnos”, “innovar”, “emprender”, “gestionar nuestras emociones”… Como si la docencia fuera una start-up y no una tarea humana, política y relacional.
Enseñar también es resistir
Aun así, seguimos aquí.
Porque enseñar es un acto de resistencia: frente al cinismo, frente al mercado, frente a la desmemoria.
Seguimos creyendo en la palabra, en el encuentro, en la curiosidad.
En ese instante mágico en que una estudiante se ilumina, no por la nota, sino porque entendió algo sobre sí misma o sobre el mundo.
Ser profesor hoy es estar en el corazón de todas las contradicciones del sistema.
Y aun así, apostar por la esperanza.
De vuelta a la manzana
Quizás este 16 de octubre no necesitamos otro tazón.
Necesitamos descanso. Necesitamos salud. Necesitamos tiempo para volver a leer por placer, caminar sin pensar en planificaciones, conversar sin culpa.
Necesitamos recuperar el sentido del regalo: ese gesto vivo, cuidado, que alimenta.La manzana era eso.
Una forma de decir: gracias por nutrirnos, aunque el mundo parezca no tener hambre de aprender.
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